domingo, 12 de junio de 2016

ROÍDA

ROÍDA, de Martín Gaetán y Daniela Trakál

En escena: Daniela Trakál, Cubano Moreno y Fede Tapia; Asistencia de Arte: Luciana Sgró Ruata y Natacha Chauderlot; Realización Escenográfica: Daniel Aimetta; Vestuario: Luciana Sgró Ruata; Gráfica y Fotografía: Gastón Maglieri; Producción de Video: Horacio Fierro; Dirección General: Martín Gaetán.
Sábados de junio y julio, en La Nave Escénica, Ovidio Lagos 578, Córdoba.

Mientras entrábamos a la sala y nos acomodábamos en las cómodas butacas, se veía a la actriz Daniela Trakál en posición absolutamente artificial (podría decirse que era una posición de diva a la que hacen posar para sacarle una foto), postura de Diva, así, con mayúsuclas, sobre un sillón de respaldo muy alto. Y cuando ya estamos todos los espectadores acomodados y en silencio, empieza la actriz a despertar de ese profundo sueño en el que estaba sumida. Y habla dirigiéndose al paraíso del teatro donde, supuestamente se encuentra alguien. No sabemos de quién se trata porque no lo identifica, pero sabemos que es alguien muy familiar por el modo de habar de la actriz. ¿Y por qué habla hacia el paraíso?, porque le habla a un muerto, a un fantasma, a alguien que ya no está entre nosotros, alguien que está "en el paraíso".
Daniela Trakál, en un marátonico trabajo, encarna a Victoria Montes, actriz-diva que, según se narra en el espectáculo teatral, tuvo un pasado de gloria en las tablas, pero que en el presente del hecho teatral, está en el ocaso, en la decadencia, en el momento en que su casa-teatro está por ser demolida en nombre del progreso. Por eso, creo, la permanente apelación al texto de Anton Chejov (1860-1904) El Jardín de los Cerezos, pieza en la que el dramaturgo ruso muestra a la aristocracia de su país que ve peligrar su estatus social a través de la metafórica tala del bello jardín de cerezos a punto de ser rematado para dar paso al progreso.
El personaje, Victoria Montes, alude a Jean Cocteau (1889-1963) permanentemente y, según entendí, lo hace rescatando dos frases famosas del dramaturgo francés: Hay que sentir antes que comprender; Victoria no comprende qué está pasando, qué significa el despojo que se está produciendo de su pasado; y La vida es una caída horizontal. Victoria cae, se desploma viendo desaparecer su glorioso pasado.
Aparece en un momento quien fuera su director teatral, y quizá también su compañero de vida, aparición fantasmagórica (totalmente de blanco) con quien Victoria mantiene un constante enfrentamiento: ella, la actriz, la que siente, la que cae, en contraposición a las explicaciones teóricas sin sentido del director, en directa alusión al rol que en el teatro cumplen los actores (sentimiento, vivencia, entrega) y los teóricos que, y valga la redundancia, teorizan todo pero no sienten ni vivencian ni se entregan.
Victoria usa distintos vestuarios, pero nunca se saca el camisón; éste está unido permanentemente a su cuerpo, a su dermis, porque Victoria, más allá de sus recuerdos y revivencias, está deprimida, está entregada. Son realmente magníficas las distintas escenas que encarna Daniela Trakál a lo largo del espectáculo, y los hace siendo realmente hilarante por momentos y conmovedoramente dramática en otros. La capacidad histriónica de Daniela, excelente por cierto, permiten que la obra, que dura más de una hora, mantenga permanentemente la atención de nosotros, los espectadores.
Victoria habla por teléfonos, y digo teléfonos en plural porque son distintos y de distintas épocas, pero todos modelos del siglo pasado, siglo en el que quedó el esplendor de la diva Victoria Montes en que aparecía en grandes afiches. Pero todas las conversaciones telefónicas son desde teléfonos evidentemente desconectados, porque también sus diálogos telefónicos son fantasmales, sólo ocurren en su mente.
En un momento entra un  ser real de carne y hueso, un personaje contemporáneo (se comunica por teléfono celular, está vestido a la moda y con color) y totalmente cotidiano. Es evidente su cordobesismo. Se presenta como un experto en decoración, pero en realidad es un empleado de la empresa de demoliciones que va guardando en cajas los elementos de Victoria, evaluando qué sirve económicamente y qué no. Está desvistiendo la casa-teatro, está desgarrando a Victoria, la está matando, muerte que se materializa metafóricamente cuando éste, y después de un evidente forcejeo, le arrebata la "caja en que guardo todas mis utilerías", el pasado glorioso de la diva.
Por eso a Victoria sólo le queda, vistiendo únicamente el camisón, hablar con un teléfono desconectado con sus fantasmas, pero esta vez ahorcándose con el cable del teléfono. Su trágica vida ha terminado, ya no habrá más teatro para ella.
Creo, y creo no equivocarme, que estos jóvenes teatreros han puesto de manifiesto, y de modo excelente, la realidad de los actores, la vejez de los actores, el ocaso de los actores, el ostracismo de los actores, el olvido final de los actores. Por eso, antes de la llamada telafónica final, los tramoyistas invaden la escena llevándose todo, dejando la escena totalmente despojada, desnuda.
Antes de terminar con esta impresión que tuve con lo que vi anoche en La Nave Escénica, tengo que felicitar al cuerpo técnico ya que vestuario, escenografía, musicalización y realización son, sencillamente, excelentes y creativos.
Al grupo teatral, gracias, gracias de corazón porque me hicieron pasar un momento realmente emocionante como espectador. Inviten, inviten a mucha gente para que los vea porque....., realmente son magníficos.
José Luis Bigi

lunes, 28 de marzo de 2016

HISTORIAS MUNDANAS, de Jordán Medeót

Actúan: Antara Wells y Jordán Medeót; Escenografia: Federico Tapia; Maquillaje en escena: Ximena  Silbert; Diseño de tapa: Ova Elías; Texto: Jordán Medeót; Dirección general: Lucas Solé. Domingos de marzo y abril 21 hs.; Teatro La Cochera, Fructuoso Rivera 541; Córdoba.

Cuando dieron sala, me topé con un espacio recargado de escenografía y, para llegar a platea, tuve que caminar por entre el decorado. Me sorprendió por lo recargado, casi podría decir que era muy almodovariano. Y quedé sorprendido, sin poder imaginar cómo podrían moverse los actores en esos verdaderos vericuetos.
La música, muy alta por cierto, anunció el ingreso de ella, Lola Dupont, la travesti quien en tono intimista y emotivo cuenta su historia, cuando revolvía el ropero de su madre para deleitarse con sus ropas y las respuestas del padre machista, incapaz de entender -y menos de aceptar- la personalidad del hijo.Nuevamente la música y entra en escena Dardo, un niño de la calle quien, con el correr del tiempo se convertirá en un buscavidas, un amante de travestis para terminar siendo él una travesti.
Dardo nos cuenta también su infancia, cuando se enamora locamente de una mujer, la hija del dueño de donde él trabajaba; cómo en un campamento de varones adolescentes, llevados por un sacerdote que se saca la sotana y queda desnudo, con cuerpo atlético, frete a los alumnos, a quienes invita desnudarse y entrar al agua; quedan todos desnudos menos uno, Danielito (y Dardo lo llama siempre así, en diminutivo, lo que acentúa la indefensión del muchachito), quien es violado por todos sus compañeros con la mirada cómplice y el silencio del sacerdote. En un momento, nos cuenta Dado, él defiende al compañerito y lo acompaña a su casa; lo abraza; lo protege y....., tiene sexo con él, con Danielito. Su primera experiencia sexual fue con él, nos remarca, con Danielito, con un varón.
Sin solución de continuidad, las escenas (monólogos alternados con diálogos) hace avanzar la obra, con mucho humor, con y rico despliegue de vestuario y pelucas por parte de Lola Dupont, con escenas romántico-eróticas y de peleas que, más que verdaderas peleas, son discusiones propias de dos personas, de una pareja que tiene muchos años de convivencia.
Para mí, la obra terminaba cuando Lola canta "No, no me puedo quejar....., ya pagué, olvidé......", pero no, no terminó ahí, siguió. Y me pregunté: ¿ahora qué?, temiendo que el excelente espectáculo que había visto, cayera, se diluyera....., pero para mi sorpresa y enorme satisfacción, la obra dio un giro de 180°. Empezó con una discusión porque Dardo, ya travestido, ha decidido partir hacia Río de Janeiro con un novio. Lola, cual hermana mayor, se le ríe diciéndole que es poco femenina, que ha gastado horas y horas eligiendo un nombre, que va a darse cuenta que el "novio" no es tal, que la va a dejar, que...... Le transmite su experiencia de vida. Es ahí donde aparece el verdadero significado de la obra: la soledad, la soledad de los seres humanos en general, en tanto humanos, pero particularmente la soledad de las personas que, según el juicio moral de la sociedad, son distintas, y fundamentalmente distintas en su vida sexual. (Pero también sabemos que la moral es cultural y que, como tal, es dinámica, cambia, y lo que hoy está mal visto, mañana ya no lo estará, o lo que hoy está bien visto, mañana puede estar mal).
Y como lo viene asegurando Lola, Dardo travestido, grotescamente travestido, tiene la desilusión de su nueva vida, la primera, la que le dice a gritos "Lola tenía razón, escuchá la voz de la experiencia".
Realmente es una excelente obra, en su escritura, en su dirección y en su actuación. Nos enfrenta a la soledad de los "diferentes", los "distintos", pero también nos enfrenta a la soledad de los seres humanos, a la realidad de las parejas (hombre-hombre; hombre-mujer; mujer-mujer) que, con el paso de los años y la convivencia van mutando desde la líbido, puramente sensual, a la amistad, categoría espiritual.
La única cosa que me dejó un poco perplejo fueron los discursos del debate parlamentario sobre el matrimonio igualitario. Se hace centro en la condición humana de toda conducta sexual, y está muy bien porque cada quien es dueño de llevar la vida sexual que le plazca; pero se destaca muy especialmente la incomprensión, e incluso persecución, que los regímenes de derecha tienen hacia los homosexuales, pero hubiera sido correcto, según mi punto de vista, decir también que los regímenes de izquierda, como es el caso de Cuba, también persiguen y encarcelan a los homosexuales. Porque la intolerancia moral a la sexualidad, no tiene ideología; es de derecha, de centro y de izquierda.
Para terminar, sólo me queda decir que realmente pasé un momento de pleno goce y satisfacción. Antara Wells, Jordan Medeót, Federico Tapia, Ximena Silbert, Ova Elías y Lucas Solé, gracias, una y mil veces gracias por el hermoso momento que me regalaron.

viernes, 12 de junio de 2015

¡GALOPE! Hipotética Ficción

Autor: Luis Fernando Quinteros; En escena: Rafael Rodríguez y Fernando Castello; Diseño Escenográfico: Natacha Chauderlot; Diseño Escenográfico e Iluminación: Lucas Solé; Asistencia de Dirección: Florencia Cisneros; Dirección: Bati Diebel. Teatro: Sala Mayor Ciudad de las Artes.

Al levantarse el telón me impactó esa alfombra circular iluminada de rojo intenso. Intuí que la obra trataría de una pasión. Y habiendo leído en el diario y en el programa de mano que se trataba de la historia del Brigadier General Juan Bautista Bustos con su caballo Mestizo tras la derrota en La Tablada a manos del General José María Paz, y viendo el pedestal en el centro de escena, el sable y el esqueleto de la cabeza de un caballo, pensé que el autor era un escritor que adhería al Revisionismo, ya que la figura de J.B.Bustos fue reivindicada hace muy pocos años. Antes, este primer gobernador constitucional de Córdoba y ferviente partidario del Federalismo, la historia lo había olvidado, o quizá tendríamos que decir que fue ignorado, omitido. Y no me equivoqué ya que a lo largo del desarrollo de la obra, se reivindica el Revisionismo Histórico y se proyecta el monumento.
Los actores, por cierto que excelentes histriones, aparecen por ambos lados y ya no abandonan el escenario. Cuentan el momento que están viviendo, perseguidos por los Unitarios. Bustos no quiere caer en manos de éstos, Mestizo le propone ideas y le asegura que él, su caballo, haría lo que el brigadier sugiriera porque su vida es eso, obedecer con lealtad, con fidelidad.
Y así como al pensar en Don Quijote evocamos a Rocinante, o con el Cid Campeador evocamos a Babieca, después de ver la obra de Quinteros, ya no podremos dejar de evocar a Mestizo. Porque en este caso, la historia de hombre y caballo, de Bustos y Mestizo, es una verdadera historia de amor, en el cabal significado platónico. Porque, ¡esa era la relación del hombre del siglo XIX con el caballo! Gaucho y caballo eran una simbiosis. Y los actores viven esa simbiosis con pasión. Bustos evoca permanentemente a su amor pasional, su esposa, pero con su caballo vive una simbiosis al punto tal que, cuando le ordena al caballo saltar desde el barranco al río, le cubre la cabeza a Mestizo para que saltara sin ver. Y los dos, inmersos en el río, excelente significante del fluir de la vida, significante que significa el destino común de Bustos y Mestizo  van llegando el final de la obra cuando Bustos se convierte en Mestizo, y éste en aquel, por eso ahora hay que decir Bustosmestizo o Mestizobustos, porque ahora los dos personajes son uno: Centauro.
Hacía mucho tiempo que no veía una obra de teatro donde la escenografía, el vestuario, la iluminación, el sonido, las actuaciones y la dirección estuvieran tan equilibradas. Porque si quisiera destacar algo, no sabría qué. Todo tiene un  nivel tal de  excelencia que logra presentarnos a nosotros, los espectadores, un cabal espectáculo teatral.
Es para destacar el final, barroco, que nos carga de tensión y, por eso, necesitamos el aplauso de pie. Sí, todos aplaudimos de pie porque nos encantó el trabajo pero también porque necesitamos descargar tensión, y el aplauso fue, el miércoles una catarsis en el más cabal significado aristotélico.
A Luis Quinteros, Rafael, Fernando, Natacha, Lucas, Florencia y Bati, muchas gracias.


¡GALOPE! HIPOTÉTICA FICCIÓN

lunes, 8 de junio de 2015

BILIS NEGRA, Teatro de autopsia, por Ca Convención Teatro

En escena: Maura Sajeva; Misicalización: Agustín Domínguez; Diseño de luces y escenografía: Lilian Mendizábal; Realización: Matías Unsaín; Gráfica y Escenografía: Gastón Malgieri; Dramaturgia: Maura Sajeva y Daniela Martín; Dirección: Daniela Martín.

En el programa de mano leo que esta obra está basada en la historia de Fedra, según las versiones de Eurípides (480 aC - 406 aCC), Séneca (4 aC - 65 dC) y Racine (1639 - 1699), entre otros. Conciente de que hay mucha gente que conoce la historia de Fedra, pero que también hay quienes no la conocen, me parece atinado hacer una reseña muy sintética. 
Fedra era una princesa cretense, hermana de Ariadna, la que ayudó a Teseo a salir del laberinto donde estaba el Minotauro. Teseo rapta a Fedra y tienen dos hijos. Pero ella, Fedra, se enamora de su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y Antíope. Hipólito era un hombre casto, enemigo de las pasiones mundanas, amante de la naturaleza y de la caza, adorador de Artemis. El objetivo de Hipólito era vivir como Ártemis. Rechaza las insinuaciones de Fedra y ésta, despechada, lo acusa de haber intentado violarla y se suicida. Teseo, cegado por la ira, entrega a su hijo a la furia de Poseidón, quien envió un monstruo marino que espantó a los caballos de Hipólito. Éste es arrastrado por los caballos y resultó gravemente herido; muere.
Cuando entré a la sala vi, en el centro del espacio escénico una mujer totalmente desnuda, acostada boca arriba, sobre un rectángulo forrado por una tela brillante que caía hacia los cuatro lados formando pliegues generosos. Realmente una reproducción de Fedra, esculpida en mármol. Y claro, lo primero que me llamó la atención  fue esa figura femenina totalmente desnuda.
Y en un momento despierta, cobra vida muy lentamente y nos habla, con una voz muy dulce y perfectamente modulada, casi susurrando, que está muerta. Y nos habla de los cuatro humores que componen el cuerpo humano: la sangre que es roja; la flema que es amarilla clara; la bilis que es amarilla y, por último, la bilis negra. En ese momento, cuando se refiere a la bilis negra explicando que es la única que no se ve pero es la que duele, la que arde, la que entiende y vive el amor, entendemos que esa bilis negra que da título a la obra, es el alma. Pero no en el sentido religioso, sino en la concepción Platónica.
La actriz, Maura Sajeva, se desplaza por el espacio escénico y va teniendo distintas posiciones, mostrando todo el cuerpo y logrando que, a medida que avanza el monólogo en el que habla del dolor del alma, ese dolor que está en algún lado pero que no se sabe dónde, el dolor de haber muerto sin que Hipólito la haya siquiera tocado, poseído. Haciendo un excelente juego de palabras para explicar las diferencias y semejanzas entre el "ser" y el "estar" desde el punto de vista del estado, no del lugar, produce en nosotros, los espectadores, que esa actriz desnuda que nos recibió, se fuera transformando en esencia etérea, en el alma de Fedra con su dolor, con su desgarro y, si en algún momento, por nuestros prejuicios culturales condenamos a Fedra por tratar de seducir a un hijastro, cuando aplaudimos y antes de retirarnos de la sala, no nos acordamos del cuerpo, muy bello por cierto, de Maura; Maura había desaparecido, había mutado alma platótica. Por eso cuando entra a saludar con un vestido negro, me pregunté cómo es el cuerpo de Maura, me di cuenta que no me acordaba porque tenía en mi alma, el alma de Fedra.
Nuevamente la dupla Daniela-Maura lograron emocionarme, como lo hicieran hace varios años con la obra "Griegos" en Documenta Escénica, en la calle Lima.
Porque me regalaron un momento de goce pleno e hicieron vibrar mi alma platónica (¡Cómo me gustan Platón y su maestro, Sócrates!), Gracias, gracias a todos.                     José Luis Bigi

lunes, 22 de octubre de 2012

YO, EVA PERÓN, de Enrique Giungi por grupo Elencos Concertados

Actores en Escena: Mariana Bonadero, Carolina Britos, Carolina Gallardo, Diego González, Luis Iglesias, Luciana Maella, Marcos Polzoni, Cristian Parra, Rafael Taborda, Victoria Varas, Gastón Casabella, Lucas Leiva, Agustín Meneses y Esteban Rivarola. Coro: Martín Aguilar, Bárbara Alvarado, Vanesa Álvarez, Dolores Bazán, Lara Berns, Fabiana Blanco, Andrea Bonutto, Martín Cañete, Santiago Fernández, Dante Hascher, Sebastián Miranday, Nicolás Passarelli, Pablo Sorlino y Mariana Zárate. Asistentes: Malena Demin y Esteban Torino. Operación Técnica: Gozalo Mayol, Luisa Stille y Gerardo Vivona. Diseño de Luces: Matías Krause. Diseño de Sonido: Enrique Giungi. Asistente de Elenco: Gimena Ghisolfi. Diseño Gráfico: Diego González. Edición Multimedia:  Gonzalo Pou. Coordinación de Maquillaje y Peinados: Javier Mullins. Diseño de Vestuario: Rafael Taborda. Confección de Vestuario: Alejandra Gastón. Asistente de Producción: Diego López. Producción: Elencos Concertados. Dirección General: Enrique Giungi. Sala: María Castaña, viernes y sábados de octubre.

En este momento en que detractores y seguidores están fanatizados, cegados por la pasión, como en los últimos años de la vida de Eva Duarte, no es ciertamente tarea fácil encarar, justamente, la vida de ésta. El grupo teatral Elencos Concertados, con la dramaturgia y dirección de Enrique Giungi, han resuelto de modo magistral este dilema poniendo en escena a un grupo de actores que, con acuerdos y controversias, deciden recrear la vida de Eva Duarte de Perón, desde sus orígenes en Junín hasta su muerte en Benos Aires.
La historia de Eva, como así también la historia del peronismo y de Argentina, está totalmente fragmentada y sometida a permanentes revisiones, algo que en la puesta queda perfectamente evidenciado a través de tres paños separados en los que se refleja esa Historia, paños que hacen las veces de una pantalla cinematográfica, pero que por ser tres paños separados, dejan zonas oscuras, vacías y, por ende, zonas de interrogación, de revisión, de interpretación.
Empieza con el bombardeo a Plaza de Mayo, en ocasión de la caída del peronismo y lentamente se encamina al pasado, hasta alcanzar los pasos de Eva como actriz. Mientras tanto, con ese fondo fragmentado y roto que nos muestra parcialmente la historia, en escena la historia de Eva parte desde el pasado hasta llegar al momento de su muerte, en brazos de su madre, escena tierna, humana y conmovedora, si las hay. Eva, en el lecho de muerte implorando a su madre que no permita que nadie la bañe, que nadie la vista, que nadie la vea desnuda; suplicando que le diga "Evita", así, en dimunitivo, remitiéndonos a "pobrecita", "solita", lo que la muestra en un total desamparo, en una total soledad. Y si puedo asegurar que esta escena es extremadamente humana y conmovedora, es porque en ese instante toda la bravura de Eva, de esa mujer que lucha por lo que quiere y cree, esa mujer que es pura pasión, regresa a su verdadera esencia: el desamparo, la soledad. Como anécdota, quisiera agregar que en ese momento, no sé por qué, recordé a María, madre de Jesús, cuando en la obra Mujeres ante el sepulcro, de Michel de Ghelderode dice, al final cuando deja de ser "La Virgen" y antes de caer el telón, "ahora puedo llorar como madre".
Raras veces, por no decir rarísimas, se presenta en Córdoba y de la mano de un grupo cordobés, un elenco tan numeroso en escena. Y creo que es un gran mérito del director el haber logrado una sinfonía, y si digo sinfonía es porque hay un perfecto equilibrio y ritmo entre los actores y el coro, como así también entre los actores entre ellos. El paso que logran entre el personaje y el actor va logrando ese feedback que acorta las distancias entre actor-personaje-actor hasta llegar a su máxima expresión en el momento en que, con Eva en la cama, Marcos Polzoni -director- lleva sus manos a la espalda, levanta el pecho, retrae el mentón y es Juan Domingo Perón y Mariana Bonadero -Julia- se acurruca en el lecho contrae el rostro en expresión de dolor, dolor físico y moral por la traición de Juan Domingo y es Eva Duarte.
La puesta pasea por distintos estilos teatrales, como el humorismo en el de las señoras de la Sociedad Rural magníficamente interpretadas por Gastón Casabella, Lucas Leiva, Agustín Meneses y Esteban Rivarola, hasta las escenas realistas como la aparición de Luciana Mealla  -Niní Marshal- y Diego González -Juan Carlos Thorry-; o la escena irónica de Victoria Varas -Victoria Ocampo-; y el naturalismo en la escena de Rafael Taborda -Paco Jamandreu- con Mariana Bonadero  -Eva Duarte-.
El grupo aborda sin miedo y con realismo distintos tópicos que caracterizaron a esa época, tópicos que, por otro lado, son recurrentes en nuestra historia nacional y todavía no hemos superado, como la censura, el patoterismo, el paternalismo, el resentimiento y el doble discurso, ese que pronuncian los gobernantes pero que no se condice con las acciones de gobierno.
Para terminar, quiero decir que pocas veces ha salido tan contento de un teatro, tan pleno; porque después de ver un trabajo como que el hace el grupo Elencos Concertados sólo se puede decir gracias, gracias teatreros por haber hecho lo que hicieron.
José Luis Bigi

domingo, 16 de septiembre de 2012

AL FINAL DE TODAS LAS COSAS, Coproducción La Convención Teatro y DocumentA/Escénicas

En Escena: Esttefanía Moyano, Maura Sajeva e Ignacio Tamagno; Vestuario, Fotos y Entrenamiento Físico: Melina Passadore; Luces: Rafael Rodríguez; Diseño Gráfico: María Pía Reynoso; Colaboración Dramatúrgica: Maximiliano Gallo, Gastón Sironi y Maura Sajeva; Asistencia de Dirección: Bárbara Brailovsky; Dramaturgia y Dirección: Daniela Martín. Sala: DocumentA/Escénicas, viernes de septiembre 21 horas.

Los personajes, por orden de aparición:
Clitemnestra: Esposa de agamenón, madre de Ifigenia, Orestes y Electra. Engañada por su esposo, envió a Ifigenia a Áulide para casarla con Aquiles, pero el verdadero objetivo de Agamenón era sacrificarla para que Artemisas repusiera el viento y las naves pudieran zarpar hacia Troya-
Clitemnestra nunca perdonó el asesinato de Ifigenia llevado a cabo por Agamenón y, mientras éste estuvo en Troya, sucumbió al cortejo de Egisto, primo de su marido. Cuando Agamenón regresa a Micenas con Casandra, Egisto, con la complicidad de Clitemnestra, les da muerte a ambos.
Orestes: Único hijo varón de agamenón y Clitemnestra, estaba lejos de Micenas cuando mataron a su padre. A los 20 años, el oráculo de Delfos le dice que regresará a Micenas y vengará la muerte de su padre.
Electra: Hermana de Orestes. Tampoco estaba en Micenas cuando Egisto asesinó a Agamenón. Cuando Orestes regresa a Micenas, se encuentra con Electra, y entre ambos urden la venganza: matar a Egisto y a Clitemnestra.
El espectáculo:
Si el desarrollo de Griegos era atrapante porque se realizaba entre el público, Al final de... lo es por la solvencia actoral de Estefanía, Maura e Ignacio, el despojo escénico con sus paredes de piedra y ladrillo, la excelente dramaturgia y dirección de Daniela y el no menos excelente trabajo de maquillaje, peinado y vestuario.
A pesar de los prolongados silencios, la atención de nosotros, los espectadores, se mantiene constante por lo arriba indicado.
Cuando entramos a la sala, en un nicho de la pared vemos a un muchacho vestido al mejor estilo de los chicos drogadictos que viven en situación de calle, según los programas televisivos Calles Salvajes o Policías en Acción, muchacho que, de noche y si nos topamos con uno así, cruzamos de vereda, muchacho que, por momentos tiene los ojos de Jesún en el Calvario, ojos dolor y amor profundos, y en otros, sus ojos son rojos, de guerrero, como los de Agamenón, su padre.
Y entra Clitemnestra con un vestido largo, blanco y abotonado en el pecho; lentamente se cose tres dedos, la tríada, significante que más adelante significará el zurcir esa mano asesina. Lentamente sale de escena por una puerta del fondo, puerta del palacio real.
Tras un breve silencio que hace que nosotros, los espectadores, nos hiciéramos cientos de preguntas, el muchacho del nicho en la pared, de un salto, ocupa el centro de la escena. Es Orestes que ha regresado. Y lo hace siguiendo lo dicho por el oráculo de Delfos.
A Orestes le sigue Electra quien entra con un balde y un estropajo y, de rodillas, friega el piso como una sirvienta. Excelente aquí también el vestuario y el peinado.
Electra se lamenta de su presente, un presente de fregona al que la someten Clitemnestra, su madre, y Egisto, amante de Clitemnestra y asesino de su padre. Es ahí donde muestra la indignación por el asesinato de Agamenón y el asco que le produce ver a su madre compartir lecho con ese asesino; sólo espera la llegada del hermano a hacer justicia, a hacer venganza.
Se produce el encuentro de los hermanos, encuentro que tiene distintos momentos, risibles algunos, serios otros, pero que sirven para desnudar la idea que cada uno tenía del otro. Y deciden llevar adelante la venganza.
Entra en escena Clitemnestra vestida al mejor estilo de señora de mediana edad con un vaso de whisky. El vestuario, el peinado, excelentes por cierto, y sus posturas y movimientos, nos remiten inmediatamente a pensar en una de esas señoras que van a jugar a la canasta en el Jockey Club con el fin de recaudar fondos para donar a Asociaciones de Beneficencia.
Clitemnestra y Orestes cambian palabras y éste le dice que vino a drale la noticia de la muerte de su hijo, noticia que la madre recibe con gran alivio y satisfacción. ¿El oráculo no se cumpliría? Si así fuera no sería una tragedia griega.
Las escenas de Orestes con Electra y con Clitemnestra, son realmente de una intensidad tan potente que nos cargan de tensión a los espectadores.
Párrafo aparte merece el excelente final de fuerte impacto visual, auditivo y trágicodramático en el que Electra corre hacia la calle, libre al fin por haber alcanzado su objetivo, vengar la muerte de Agamenón, y Clitemnestra es arrstrada por el suelo por parte de Orestes que la jala por los pies hacia la cocina, ámbito de la servidumbre, de la faena, de la saja.Por eso, cuando termina la obra, y todos sabemos que ha terminado, no podemos aplaudir, tenemos todo el cuerpo en tensión , en tensión máxima y recién cuando los actores salen a saludar, podemos hacerlo y descargar la tensión acumulada en un verdadero acto catártico.
Por eso el aplauso es fuerte, muy fuerte y prolongado, porque los espectadores hacemos realmente catarsis, como seguramente la hicieran en el año 458 adC los espectadores griegos.
El espectáculo que nos propone la coproducción La Convención Teatro-DocumentA/Escénicas es una versión siglo XXI de un texto de Esquilo con todo el espíritu que Esquilo le diera hace dos mil cuatrocientos años. Y puedo afirmarlo porque en un momento determinado olvidé la excelente selección de vestuario, peinado y maquillaje, y me sentí en un anfiteatro viendo a Clitemnestra, Electra y Orestes interpretados por griegos con sus típicos atuendos.
José Luis Bigi